Artículos de Federico

Clásicos y modernos: un diálogo de sordos

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Existe, en algunos círculos literarios, una tendencia a presentar a los clásicos de la novelística como un insondable fantasma infinito e inabarcable. Esta visión es harto difundida (sobre todo entre la chabacanería intelectual), pero basta con ahondar un poco en algunas obras contemporáneas para comprobar que esto es un mero prejuicio. A este problema se lo suele llamar la polémica entre clásicos y modernos. A medida que los conocimientos literarios se intensifican, aquella masa de escritores prestigiosos comienza a relativizarse y a coexisistir con los contemporáneos, que, si bien no les roban prestigio, son vendidos en las mismas librerías y ocupan los mismos estantes en las bibliotecas. Al autor clásico se lo presenta como una eminencia, un profesor de las letras, un dios al que siempre se lo observará subiendo la mirada. El autor contemporáneo, por el contrario, es tangible y cercano no sólo en el tiempo, sino probablemente también en el espacio. Pero no es necesario ser un iluminado para derrumbar esa jerarquía que construyen las influencias de los clásicos sobre los contemporáneos y que sitúa a los primeros muy por encima de los segundos. Comparaciones entre nombres y estilos de autores clásicos y autores contemporáneos sólo contribuiría a alimentar el prejuicio. Es todo una cuestión de sentido. Uno no puede leer a Orhan Pamuk pensando en Kafka, y tampoco a J. M. Coetzee pensando en Dostoyevsky. Pamuk y Coetzee, como todos los escritores (sean clásicos ó contemporáneos) deben leerse en sí mismos, sin analogías. Todo escritor tiene un mensaje para decir, solamente traducible a su propio idioma y comparable sólo consigo mismo.

Leer a Herman Hesse

Herman Hesse puede ser catalogado como apto para todo público. Obviamente no sólo por el contenido en sí mismo de su obra, sino también por el encare de las temáticas que ésta toca. Los fanatismos con Siddharta, Demian o con El Lobo Estepario proliferan por todas partes, y Hesse aun apasiona por doquier. La lectura de Hesse conquista de primera mano. Conocer su obra es definición de introspección y autoanálisis, y puede ser entendida de diferentes formas según la historia y mentalidad de su lector singular. El autor no le habla a sus lectores, le habla al lector singular, que percibe sus escritos de manera subjetiva y personal, entendiendo cada detalle y suceso con una significación con sello propio. Sus personajes encarnan personalidades múltiples, y si hubo algo que destacó a Hesse en su totalidad como escritor fue su habilidad para crear personajes. Es imposible no encarnarse con Emil Sinclair y todo su desarrollo personal, o con Harry Haller y sus tribulaciones mentales; y este encarnarse es una empresa personal, paralela a la forma de ser del lector particular. Es por esto tan común conversar con lectores de este maestro de la literatura del siglo XX y que cada uno entienda a sus personajes de manera particular. Hesse debe ser leído centrado en uno mismo, y no centrado en el autor. Es una experiencia personal y completamente subjetiva. Su obra ha de leerse desde los ojos de uno mismo y no centrándose sólo en lo literario y lo estilístico. Sólo procediendo de esta manera se podrá comprender el sentido de cerrar los ojos y pensar en Hesse, pensar en uno mismo.

Céline y el camino de Viaje al fin de la noche

Unos cuantos letrados consisten en señalar Viaje al fin de la noche, la obra magna de Louis-Ferdinand Céline, junto a los siete tomos que componen En busca del tiempo perdido (escrita por el gran Marcel Proust) como las dos obras más destacadas de la narrativa del siglo XX. Viaje al fin de la noche ha trascendido sobremanera las esferas intelectuales y literarias, y ha sido traducida a numerosos idiomas, legando a manos del mundo entero. La concepción del libro ha inspirado varias manifestaciones artísticas, entre las que se suman el arte pop y el rock psicodélico. Esta novela, como todas las de Céline, presenta rasgos autobiográficos. Pero el viaje que emprende la obra por todo lo mundano trasciende los límites de lo biográfico y lo personal, ampliándose numerosas veces a esferas abarcativas de todo lo humano existente sobre este mundo. Viajar lo es todo, es una experiencia inmensa del conocer. Así lo ve Céline. Con una visión del mundo seca y mordaz, Ferdinand Bardamu —el personaje de la obra, que tiene similitudes con el propio Céline (y con todo lector)— averigua la vida en tres continentes. Dialoga con ella y se juegan partidas de cualquier deporte. Bardamu quiere la vida, pero no esa, no la vida nuestra, de los humanos. Bardamu es un viajero sabio: observa silencioso y cobarde todo lo que ocurre a su alrededor, mientras piensa en otra vida, la suya propia, en la que, sincero, puede hacer lo que se le de la gana. Muy astuto e implacable, Céline viaja hasta el final de la noche, del día, de la tarde y de la madrugada, recorriendo caminos que todos recorremos en mayor o menor escala alguna vez, y para los que jamás estaremos preparados.

La risa

Antes de ayer llegó a mis manos un cuento que me pareció de carácter excepcional. Tenía que ser de Leónidas Andreyev, por supuesto. Este dramaturgo y cuentista que sufrió más de una vez las duras críticas de la comunidad literaria rusa gozaba de una calidad finísima para meter al lector en la atmósfera de sus narraciones. Es así como en La risa se nos cuenta la historia de unos amigos que deciden ir a una fiesta disfrazados. Al estar desprovista la tienda de disfraces de atuendos limpios y de buena calidad, estos amigos se ven obligados a disfrazarse de personajes indeseados. De este modo es como el protagonista se disfraza de mandarín. El atuendo consiste en el típico traje, pero con un aditivo que resignifica al disfraz en sí mismo: una máscara. Este es el cuento: la máscara. Este elemento del disfraz causa una risa incontenible a aquellos que la miran, a tal punto que lo único que puede expresar el protagonista en todo momento es risa. Solamente risa. Aquí es como el cuento penetra en nuestras entrañas. La impotencia que le genera esta risa de los demás al portador de la máscara, se envuelve en un gigantesco torbellino de desesperación. Los sentimientos encontrados, el amor por una joven… todo causa risa. Risa y risa, que detrás de la máscara hace llorar con lágrimas angustiosas al personaje, quien no puede sacarse la máscara debido a un absurdo juramento previo que lo impedía. La identidad se disuelve en una máscara sobre la cual juegan los que la miran (la sociedad), el ridículo juramento (el convencionalismo), la tristeza de su portador (uno mismo, la individualidad). Andreyev teje una telaraña de conceptos vinculados en una máscara. Al finalizar el cuento, el lector termina subsumido en la mente del personaje. Imposible reírse. Uno llora.

Cien años de soledad cumple cuarenta años

Cien años de soledad es una de las obras magnas de la narrativa latinoamericana y de la novelística mundial. Gabriel García Márquez fue parte de aquel boom literario de los años sesenta que tuvo lugar en América Latina, donde por ese entonces se editaba una obra maestra por semana (¡quién no hubiera deseado vivir en ese tiempo!). Por supuesto que una crítica de este libro caería pesada, porque ha sido tantas veces criticado, releído y comentado que criticarlo restaría en lugar de sumar. Por lo cual esto no tendrá lugar en este artículo. Ocurre que acabo de enterarme (demasiado tarde) que en este cuarenta aniversario de la publicación de la obra, Editorial Sudamericana editó una edición de cabecera del libro, con su portada original y algunas anotaciones peculiares. Entre ellas se destaca una carta de Gabo a la editorial, manifestándole su deseo de publicar todas sus obras en una misma editorial. Se mencionan obras como Los Funerales de la Mamá Grande, La Hojarasca, El Coronel No Tiene Quién le Escriba, La Mala Hora, etc. Cien años de soledad ha vendido más de treinta millones de ejemplares en sus cuarenta años de historia. Los Buendía y los Iguarán pueden estar tranquilos, que su eterno linaje quedó bien plasmado en la historia de la literatura, y no se extinguirá por más que fallezca la última Úrsula y el último Aureliano. Via | Congreso de la Lengua

El mercado y las librerías

Siguiendo la línea del interesante artículo referente al Código Da Vinci escrito por mi compañero James Rocaforte, entendí pertinente hacer algunas puntualizaciones sobre el estadio por el que pasa la literatura de hoy en día a nivel mundial. Aquellos clásicos que han sido alabados por generaciones inacabables —y que han influenciado a miles y miles de escritores contemporáneos y coetáneos a ellos— y los libros buenos (contemporáneos o no) en el mercado de hoy en día, en su mayoría son libros de bolsillo, o libros con ediciones patéticas con traducciones ilegibles que se venden en oferta en los exhibidores menos consultados de las librerías. Las librerías más populares apuntan, por la lógica del mercado —y es coherente que así lo hagan— al lector promedio; venden lo que se quiere comprar. ¿Y qué es lo que se quiere comprar? En las portadas de exhibición se muestra como un preciado tesoro la última obra de Michael Connelly, Danielle Steel, Tom Clancy o Dean Koontz. Todas se venden a precios bastante caros en relación con los buenos libros. A éstos últimos se los puede encontrar en librerías no tan populares pero con excelente material literario. Esto no es una apología a la mal llamada “literatura inteligente”, y mucho menos un culto a la chabacanería intelectual. Por el contrario, es una simple analogía. No me interesa desmerecer a los best-sellers (de hecho es literatura muy disfrutable). Sólo me entristece recorrer librerías buscando un Cortázar, o un Céline, o un Salinger y que me ofrezcan en compensación el último libro de Nora Roberts o de Ken Follet. Con todo respeto.

Pura anarquía: el nuevo libro de cuentos de Woody Allen

Leí que Woody Allen publicó este mes Pura Anarquía, su último libro. No me gusta mucho Woody Allen con su humor de judío sarcástico, depresivo e inseguro. Me aburren un poco las manías exaltadas, las recurrencias y el ver siempre “humor inteligente”. No soy un completo entendido de Allen, pero tampoco tengo mucho interés de explorarlo más de lo que lo hice. Puedo decir que he visto una película correspondiente a cada etapa humorística de su carrera cinematográfica, pero siempre me deja con gusto a poco. Pero no estoy escribiendo del cine de Allen, sino que de su último libro. No lo leí ni voy a leerlo, pero estuve revisando Internet y encontré dos de los cuentos (más bien relatos) de los que publica en él: Así comió Zaratustra (título típico de él) y Tirar demasiado de la cuerda. Son estilos, es innegable que Woody Allen tiene todo un estilo elaborado, y debemos todos (incluso a los que no nos interesa mucho su estilo) rendirle respeto. Sin embargo, estos dos relatos me resultaron tan fríos, tan insípidos, dedicados a un público yuppie amante del vino y del golf, pero lector de Allen y con una veta “intelectual” de distinción. Ya había leído Cuentos sin plumas, una recopilación de Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Sin plumas y Perfiles. Llegué a la mitad y me di cuenta que estaba perdiendo el tiempo. No creo que Allen presente algo distinto en Pura anarquía a las cosas que encontré en estos dos relatos. Sin embargo, es seguro que a su público le va a gustar. Al público de Allen le gusta todo lo que él hace, porque está consolidado, y es natural que así sea. Es así que el dicho reza tan honestamente “hazte fama y échate a dormir”. Woody Allen está durmiendo como un oso. Más información en: Gara

Fallece J. D. Salinger a los 91 años de edad

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Jerome David Salinger nos inspiró a todos. El Guardíán entre el centeno es (junto a Demian de Herman Hesse), tal vez, el mejor identikit de la adolescencia de todos nosotros. La palabra nunca escrita y la oscura palabra pronunciada en silencio que Salinger conservó a lo largo de toda su vida tuvo su punto final ayer, con la tristísima muerte del legendario autor.La noticia pega fuerte y duele mucho (¡hasta Perez Hilton lo llora!). Todos los que hemos leído a Salinger hemos aprendido algo de él (llegando al fanatismo radical incluso), y su alcance en términos de cultura popular trasciende cualquier género y categorización; de alguna manera, Salinger es de esos autores que son patrimonio de la humanidad.Siempre solitario en su taciturno y pequeño hogar en Cornish, New Hampshire, Salinger cerró los ojos por última vez en el día de ayer por causas naturales. Tenía 91 años de edad. El espacio de J. D. Salinger en las bibliotecas es rincón sagrado de las mismas, y teñido de luto hoy, merece un ojeo a modo de homenaje.Los Glass y Holden Caulfield, personajes imborrables, permanecerán en la memoria colectiva como uno de los pocos y enormes regalos que Salinger le ha hecho a la literatura universal y moderna.Es inevitable pensar en lo que ocurrirá ahora. Es seguro que los incontables manuscritos que Salinger conservó en su vida sin publicar, serán rápidamente difundidos por la industria sin respetar la voluntad del autor de guardarlos entre sus haberes personales, voluntad que lo llevó a tener alguna vez un pensamiento bastante gráfico de su política editorial:“Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribrir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer”.Realmente golpeado, pongo punto final a esta nota, y espero que la voluntad del autor sea cumplida por respeto a su figura.