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Siguiendo la línea del interesante artículo referente al Código Da Vinci escrito por mi compañero James Rocaforte, entendí pertinente hacer algunas puntualizaciones sobre el estadio por el que pasa la literatura de hoy en día a nivel mundial. Aquellos clásicos que han sido alabados por generaciones inacabables —y que han influenciado a miles y miles de escritores contemporáneos y coetáneos a ellos— y los libros buenos (contemporáneos o no) en el mercado de hoy en día, en su mayoría son libros de bolsillo, o libros con ediciones patéticas con traducciones ilegibles que se venden en oferta en los exhibidores menos consultados de las librerías. Las librerías más populares apuntan, por la lógica del mercado —y es coherente que así lo hagan— al lector promedio; venden lo que se quiere comprar. ¿Y qué es lo que se quiere comprar? En las portadas de exhibición se muestra como un preciado tesoro la última obra de Michael Connelly, Danielle Steel, Tom Clancy o Dean Koontz. Todas se venden a precios bastante caros en relación con los buenos libros. A éstos últimos se los puede encontrar en librerías no tan populares pero con excelente material literario. Esto no es una apología a la mal llamada “literatura inteligente”, y mucho menos un culto a la chabacanería intelectual. Por el contrario, es una simple analogía. No me interesa desmerecer a los best-sellers (de hecho es literatura muy disfrutable). Sólo me entristece recorrer librerías buscando un Cortázar, o un Céline, o un Salinger y que me ofrezcan en compensación el último libro de Nora Roberts o de Ken Follet. Con todo respeto.