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Existe, en algunos círculos literarios, una tendencia a presentar a los clásicos de la novelística como un insondable fantasma infinito e inabarcable. Esta visión es harto difundida (sobre todo entre la chabacanería intelectual), pero basta con ahondar un poco en algunas obras contemporáneas para comprobar que esto es un mero prejuicio. A este problema se lo suele llamar la polémica entre clásicos y modernos.

A medida que los conocimientos literarios se intensifican, aquella masa de escritores prestigiosos comienza a relativizarse y a coexisistir con los contemporáneos, que, si bien no les roban prestigio, son vendidos en las mismas librerías y ocupan los mismos estantes en las bibliotecas.

Al autor clásico se lo presenta como una eminencia, un profesor de las letras, un dios al que siempre se lo observará subiendo la mirada. El autor contemporáneo, por el contrario, es tangible y cercano no sólo en el tiempo, sino probablemente también en el espacio. Pero no es necesario ser un iluminado para derrumbar esa jerarquía que construyen las influencias de los clásicos sobre los contemporáneos y que sitúa a los primeros muy por encima de los segundos.

Comparaciones entre nombres y estilos de autores clásicos y autores contemporáneos sólo contribuiría a alimentar el prejuicio. Es todo una cuestión de sentido. Uno no puede leer a Orhan Pamuk pensando en Kafka, y tampoco a J. M. Coetzee pensando en Dostoyevsky. Pamuk y Coetzee, como todos los escritores (sean clásicos ó contemporáneos) deben leerse en sí mismos, sin analogías.

Todo escritor tiene un mensaje para decir, solamente traducible a su propio idioma y comparable sólo consigo mismo.

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